🏛️
Quién lo puso en marcha
La CIA financió la investigación inicial y la DIA asumió el programa operativo. La unidad se estableció en Fort Meade (Maryland) y el trabajo científico se contrató con el SRI International (antes Stanford Research Institute), en Menlo Park (California).
💸
Cuánto costó
Alrededor de 20 millones de dólares en dos décadas, según las cifras manejadas al cerrarse el programa en 1995. Una cantidad modesta para un programa de inteligencia y ridícula comparada con los contratos de satélites.
📁
Cómo se conoce hoy
Gran parte del expediente se desclasificó en 1995 y décadas después se volcó en los archivos públicos de la CIA (CREST). Es uno de los programas paranormales mejor documentados del mundo: se puede leer lo que se dijo, quién lo dijo y cuánto se pagó.
Cómo empezó
El origen no está en el ejército, sino en un laboratorio. A principios de los setenta, los físicos Russell Targ y Harold E. Puthoff dirigían en el SRI un programa de investigación financiado por la CIA sobre percepción extrasensorial. Allí trabajaron con el artista Ingo Swann, que acuñó la expresión remote viewing («visión remota») para describir la supuesta capacidad de describir un lugar sin haber estado en él, y con el exagente de policía Pat Price.
El salto a la inteligencia militar se produjo cuando los resultados preliminares llegaron a oídos del Departamento de Defensa. En 1977-1978 se creó una unidad específica en Fort Meade, bajo la DIA y con el SRI como contratista científico. El programa cambió de nombre cada vez que cambiaba de patrocinador, una práctica habitual para sobrevivir a las revisiones de presupuesto.
Entre sus casos más citados está la búsqueda del general norteamericano James Dozier, secuestrado por las Brigadas Rojas en Italia en 1981, y un buen número de sesiones con coordenadas geográficas como único dato de partida.
Los nombres de un mismo programa
| Denominación | Periodo | Impulsor |
|---|---|---|
| SCANATE | 1972-1977 | CIA / SRI |
| GONDOLA WISH | 1977-1978 | Ejército / DIA |
| GRILL FLAME | 1978-1983 | DIA |
| CENTER LANE | 1983-1985 | Ejército de EE. UU. |
| SUN STREAK | 1985-1990 | DIA |
| STARGATE | 1990-1995 | DIA / CIA |
Los nombres se suceden sin solución de continuidad: no son programas distintos, sino la misma línea de trabajo rebautizada.
El equipo principal
| Nombre | Papel | Detalle |
|---|---|---|
| Harold E. Puthoff | Director científico en el SRI | Físico. Dirigió la investigación financiada por la CIA junto a Targ y fue el enlace con el Departamento de Defensa. |
| Russell Targ | Investigador principal en el SRI | Físico especializado en láseres. Coautor de las primeras publicaciones sobre visión remota. |
| Ingo Swann | Sujeto y divulgador | Artista neoyorquino. Acuñó el término remote viewing y diseñó buena parte de los protocolos de sesión. |
| Pat Price | Vidente en las primeras fases | Exagente de policía. Protagonizó algunas de las sesiones más citadas del programa. |
| Joseph McMoneagle | Vidente operativo (R-372) | Militar destinado en la unidad de Fort Meade. Recibió la Legión al Mérito y es el caso más documentado del programa. |
| Unidad de Fort Meade | Operadores y oficiales de enlace | Militares y analistas que encargaban las «dianas» y remitían los informes a los mandos interesados. |
Cómo se cerraba un programa así
En 1988, un informe del Consejo Nacional de Investigación de EE. UU. sobre la mejora del rendimiento humano concluyó que no había base científica para sostener los fenómenos paranormales. El programa siguió, con financiación menguante, hasta que en 1995 la DIA lo transfirió a la CIA.
La CIA encargó entonces una evaluación al American Institutes for Research, que reunió a la estadística Jessica Utts y al psicólogo escéptico Ray Hyman. Utts consideró que en laboratorio había un efecto estadísticamente significativo; Hyman objetó los métodos y la independencia de los estudios. Con ese desacuerdo sobre la mesa, la conclusión operativa fue la misma: no se había demostrado utilidad para la inteligencia, y el programa se cerró.
Por qué sigue interesando
Stargate es hoy un ejemplo valioso de cómo una institución puede explorar una hipótesis audaz con método, presupuesto y transparencia: se investigó, se documentó cada sesión y, cuando la evidencia no acompañó, se cerró el programa y se abrió el archivo. Ese itinerario —preguntar, medir, revisar y publicar las conclusiones— es justamente lo que distingue a una organización seria de una que se aferra a sus propias ideas.
Para peritos, abogados e investigadores tiene además un valor práctico enorme: enseña a documentar un procedimiento desde el primer minuto, a conservar la trazabilidad de cada dato y a distinguir con claridad lo que un informe describe de lo que realmente acredita. Es una lección de rigor que sigue vigente y que mejora cualquier pericia bien construida.