UNESCO Ref. 314
Portada de la Capilla Real de Granada

Historia de España · Siglo XV–XVI

REYES CATÓLICOS

Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón: el matrimonio que unió los reinos de España, conquistó Granada y dejó su sello para siempre en la Alhambra y en la Capilla Real.

«Tanto monta, monta tanto — Isabel como Fernando»

Índice de la página

Sección 1

Historia de los Reyes Católicos

Los Reyes Católicos es el título que el papa Alejandro VI concedió en 1496 a Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, por su defensa de la fe católica. Su unión dinástica, celebrada en 1469, marcó el paso de la España medieval a la España moderna: bajo su gobierno se consolidó la monarquía autoritaria, se completó la Reconquista, se expulsó a los judíos de Castilla y Aragón mediante el Edicto de Granada (31 de marzo de 1492), se patrocinó el viaje de Cristóbal Colón y se creó el Santo Oficio de la Inquisición (1478).

Reinaron juntos desde 1474 (proclamación de Isabel en Segovia) hasta la muerte de la reina en Medina del Campo, el 26 de noviembre de 1504. Fernando continuó reinando en Aragón hasta 1516. Su lema, el yugo y las flechas con las iniciales Y (Isabel) y F (Fernando), y el famoso verso «Tanto monta, monta tanto», simbolizaban la igualdad de ambos soberanos.

La obra política de los Reyes Católicos transformó el mapa de la Península: Castilla y Aragón quedaron unidas dinásticamente, Granada fue incorporada a la Corona en 1492, Navarra se anexionó en 1512, y la corona se proyectó hacia Europa y América. En la Alhambra dejaron su huella: adoptaron su escudo, repararon palacios y convirtieron el complejo nazarí en símbolo del nuevo reino cristiano.

Escudo de armas de los Reyes Católicos
Escudo de los Reyes Católicos con el Águila de San Juan Evangelista, las armas de Castilla, León, Aragón, Sicilia y Granada (heráldica, 1492). Fuente: Wikimedia Commons.

Sección 2

Isabel I de Castilla, «la Católica»

Retrato de la reina Isabel la Católica, Museo del Prado
Isabel I de Castilla (1451–1504), retrato anónimo castellano, Museo del Prado. Fuente: Wikimedia Commons.

Origen. Isabel nació el 22 de abril de 1451 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila), en el palacio de los padres de la comunidad. Era hija del rey Juan II de Castilla y de su segunda esposa, la infanta portuguesa Isabel de Portugal. Su padre murió cuando ella tenía apenas tres años, y creció junto a su madre y su hermano pequeño Alfonso en el ambiente austero de la corte de Arévalo y Madrigal.

Medio hermana del rey Enrique IV de Castilla, Isabel vivió la inestabilidad de su reinado. A la muerte de su hermano Alfonso (1468), pretendiente al trono, se firmó el Pacto de los Toros de Guisando, que la reconoció como heredera de la Corona de Castilla frente a la «Beltraneja», Juana de Trastámara. Contraído su matrimonio contra la voluntad del rey, Enrique IV la desheredó, pero a la muerte de este, el 13 de diciembre de 1474 Isabel se proclamó reina en Segovia, dando comienzo la Guerra de Sucesión castellana (1475–1479), resuelta a su favor con el Tratado de Alcaçovas.

Su reinado (1474–1504) fue una etapa de profundas reformas: las Cortes de Toledo y Madrigal, la reorganización de la Santa Hermandad, la Inquisición, la conquista de Granada, el descubrimiento de América y el mecenazgo artístico y espiritual. Murió en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504, mandando ser enterrada, según su testamento, en la Capilla Real de Granada «porque era la tierra que tanto amaba y tan bien había servido a Dios».

Sección 3

Fernando II de Aragón, «el Católico»

Origen. Fernando nació el 10 de marzo de 1452 en Sos del Rey Católico (Zaragoza), localidad que hoy conserva su nombre en memoria del nacimiento real. Era hijo del rey Juan II de Aragón y de su segunda esposa, Juana Enríquez, señora de Casarrubios. Pasó su infancia entre Navarra y Aragón durante la Guerra Civil catalana, y a la muerte de su hermano Carlos, príncipe de Viana, quedó como heredero de la Corona de Aragón.

Fernando primero fue nombrado rey consorte de Castilla por derecho de su esposa (y rey proclamado de Castilla en 1475, junto a Isabel), y en 1479 heredó el trono de Aragón a la muerte de su padre, uniendo dinásticamente las dos grandes coronas peninsulares. Gobernó con visión estratégica: la conquista de Granada, la diplomacia matrimonial europea (hijos casados con Portugal, Inglaterra, Borgoña y los Habsburgo), la anexión de Navarra (1512) y la proyección mediterránea frente a Francia.

Viudo de Isabel (1504), se casó en 1506 con Germana de Foix. Gobernó Castilla en nombre de su hija Juana y murió en Madrigalejo (Cáceres) el 23 de enero de 1516, camino de Granada para responder a una revuelta morisca. Sus restos descansan también en la Capilla Real de Granada, junto a los de la reina.

Retrato de Fernando II de Aragón, Museo del Prado
Fernando II de Aragón (1452–1516), retrato de la escuela castellana, Museo del Prado. Fuente: Wikimedia Commons.

Sección 4

¿Dónde se casaron? El matrimonio de Valladolid

Isabel y Fernando se conocieron y se casaron de forma secreta en Valladolid, el 19 de octubre de 1469, en el Palacio de los Vivero, residencia de Juan de Vivero, con apenas diecisiete y dieciocho años respectivamente. La ceremonia la celebró el obispo de Segovia, Fernando de Talavera, con bula papal de dispensa de parentesco firmada por el papa Sixto IV. Fernando había viajado desde Aragón disfrazado de criado para burlar la vigilancia del rey Enrique IV, que no aprobaba la unión, y se alojó en la misma casa donde Isabel se hospedaba.

Las capitulaciones matrimoniales (Capitulaciones de Cervera, 1469) equilibraron los derechos de ambos: «tanto monta, monta tanto». El matrimonio se celebró por segunda vez con mayor solemnidad en Valladolid y después en Plasencia (1470), ya con dispensa auténtica. De esa unión nacieron cinco hijos que alcanzaron la edad adulta: Isabel (reina de Portugal), Juan (príncipe de Asturias, muerto joven), Juana (la futura «Loca», heredera de las coronas), María (reina de Portugal) y Catalina (reina de Inglaterra).

Dato clave: el Palacio de los Vivero de Valladolid, escenario de la boda de 1469, es hoy sede de la Diputación Provincial de Valladolid. Aquella unión secreta de dos adolescentes fue el punto de partida de la unidad de España.

Sección 5

La reunificación de los reinos de España

A comienzos del siglo XV la Península Ibérica estaba fragmentada: Castilla, Aragón, Navarra, Portugal, el emirato nazarí de Granada y el reino francés al norte de los Pirineos. La labor histórica de los Reyes Católicos fue agrupar casi todos estos reinos bajo una misma corona, preparando lo que el propio reino llamaba «la monarquía de España».

1469 — Castilla y Aragón

La boda de Valladolid une dinásticamente las dos coronas mayores. El 20 de enero de 1479, al heredar Fernando Aragón, ambas coronas quedan bajo los mismos soberanos, manteniendo cada reino sus leyes, cortes y monedas.

1475–1479 — Guerra de Sucesión

Isabel afianza su trono frente a Juana la Beltraneja, apoyada por Portugal. La paz de Alcaçovas-Toledo (1479) consolida la pareja real en Castilla.

1492 — Granada

La conquista del reino nazarí completa la Reconquista iniciada ocho siglos antes. Granada queda incorporada a la Corona de Castilla y su escudo se añade al de los Reyes Católicos.

1512 — Navarra

Fernando el Católico anexiona el reino de Navarra, ocupando el último reino independiente de la Península. España, salvo Portugal, queda unificada bajo un solo monarca.

Sección 6

La conquista de Granada y la expulsión de los moros de España

El emirato nazarí de Granada, último reino musulmán de al-Ándalus, había sobrevivido más de dos siglos y medio como vasallo de Castilla. La guerra para conquistarlo, iniciada formalmente en febrero de 1482 con el asedio de Alhama, duró diez años y movilizó los recursos de toda la corona: fue el primer «ejército nacional» de la historia de España, con artillería a gran escala.

La campaña avanzó metódicamente: Alora y Ronda (1485), Loja y Málaga (1487), que abrió el camino al occidente del reino; Baza, Guadix y Almería (1489), que lo partieron en dos; y por fin la capital, sitiada desde 1491. El 25 de noviembre de 1491 se firmaron las Capitulaciones de Santa Fe en el campamento cristiano de Santa Fe, junto a Granada. En ellas, el sultán Boabdil (Muhammad XII) entregaba la ciudad a cambio de condiciones de respeto para los vencidos: religión, leyes, costumbres y bienes de los musulmanes.

El 2 de enero de 1492 Boabdil entregó las llaves de la ciudad y la Alhambra a Fernando e Isabel. La Cruz y el estandarte real ondearon en la Torre de la Vela, y el escudo de Granada fue añadido a las armas reales. Así terminó la Reconquista, ocho siglos después de Covadonga. Cuenta la tradición que, al alejarse por las Alpujarras, Boabdil se giró hacia la ciudad y lloró: es el famoso «último suspiro del moro» (el Puerto del Suspiro del Moro lleva su nombre).

Las Capitulaciones se incumplieron pronto. Las conversiones forzadas dirigidas por el cardenal Cisneros provocaron levantamientos en el Albaicín (1499) y en las Alpujarras y la Serranía de Ronda (1500–1501). Sofocada la revuelta, los reyes ordenaron en 1502 la conversión o el exilio de todos los musulmanes de Castilla; en Aragón la medida se aplicó en 1526. Los musulmanes que permanecieron, bautizados a la fuerza, pasaron a llamarse moriscas y fueron finalmente expulsados de España en 1609–1614 bajo Felipe III.

El mismo año de 1492, los Reyes Católicos firmaron también el Edicto de Granada (31 de marzo), que ordenaba la expulsión de los judíos de Castilla y Aragón en plazo de cuatro meses, y financiaron el viaje de Cristóbal Colón, que partió de Palos el 3 de agosto de 1492. El año de la conquista de Granada fue también el año del encuentro de dos mundos.

En la Alhambra: tras la conquista, los reyes se instalaron en el recinto, restauraron los palacios y mandaron pintar su escudo con el Águila de San Juan en la Sala de los Reyes. La firma de las Capitulaciones de Santa Fe, conservadas hoy en la Capilla Real, es uno de los documentos más importantes de la historia universal.

Sección 7

Por qué el Evangelio de San Juan era el preferido de la reina Isabel

La reina Isabel sentía una devoción personal y constante por San Juan Evangelista, el «discípulo amado», y dentro de los cuatro evangelios su corazón se inclinaba especialmente por el de San Juan. Esta predilección no era casual: respondía a la manera en que la reina entendía su vida y su corona.

Primero, por su comienzo: «In principio erat Verbum…» («En el principio existía la Palabra»). El prólogo del cuarto evangelio proclama la divinidad de Cristo con una altura teológica que ningún otro texto iguala, y para una reina que firmaba sus decisiones «por la gracia de Dios» esa luz era el fundamento de su poder. Segundo, por su mensaje de amor: es el evangelio del amor divino, del que brotan las palabras más citadas por la reina en sus cartas y oraciones («Tanto amó Dios al mundo…», Jn 3,16), y el de la caridad, virtud que Isabel buscaba ejercer como reina cristiana. Tercero, por su consuelo: Juan recoge las promesas del Espíritu y el consuelo en la tribulación, textos que la reina leía en los años duros de la guerra de Granada, de las enfermedades de sus hijos y de las pérdidas familiares.

A esa preferencia se unía el simbolismo del evangelista: Juan contempla desde lo alto — por eso su símbolo es el águila —, «el que vio y dio testimonio», el apóstol que permaneció junto a la cruz y al que se encomendaron los cristianos para la victoria espiritual. La devoción de Isabel llegó a tal punto que el águila de San Juan presidió su sello y su escudo mucho antes de conquistar Granada, como se explica en la sección siguiente.

Sección 8

El origen del Águila de San Juan Evangelista en el escudo de los Reyes Católicos

Águila de San Juan Evangelista, símbolo heráldico
El Águila de San Juan: águila pasmada de sable, nimbada de oro, picada y armada de gules. Fuente: Wikimedia Commons.

Los cuatro evangelistas se representan tradicionalmente como tetramorfos: el hombre (Mateo), el león (Marcos), el toro (Lucas) y el águila (Juan), porque su evangelio es el más elevado y teológico. En heráldica, el Águila de San Juan es un águila de un solo cuerpo, negra (de sable), con corona de oro y halo (nimbo) dorado, pico y garras rojos (de gules).

Origen. La devoción de Isabel por el evangelista, anterior incluso a su proclamación como reina, la llevó a adoptar el Águila de San Juan como soporte de su escudo personal de princesa de Asturias, y después lo integró, junto con Fernando, en el escudo común de los Reyes Católicos. El águila no era un signo imperial (no hay que confundirla con el águila bicéfala de los Habsburgo ni de los bizantinos): era una declaración de fe y de protección, la invocación del evangelista a quien la reina le encomendaba su corona y sus victorias.

El águila aparece desplegada sobre el escudo cuartelado de Castilla y León (Isabel) con Aragón y Sicilia (Fernando), y tras 1492 incorpora Granada al abismo. Un magnífico tapiz con este blasón preside hoy el salón del trono del Alcázar de Segovia, y el águila campea en documentos, tapices, iglesias y escudos por toda España. Tras caer en desuso en 1700, el Águila de San Juan volvió a incorporarse al Escudo de España entre 1938 y 1981, precisamente por su recuerdo vinculado a los Reyes Católicos. Junto a ella, el yugo y las flechas completaron el programa simbólico de los monarcas: el yugo por el comienzo de Fernando, las flechas por el de Isabel, signos de unión y de firmeza.

Escudo de los Reyes Católicos de 1492 con el Águila de San Juan
Escudo de los Reyes Católicos (1492), con el Águila de San Juan Evangelista como soporte y las armas de Castilla, León, Aragón, Sicilia y Granada. Fuente: Wikimedia Commons.

Sección 9

La Capilla Real de Granada

Portada de la Capilla Real de Granada
Portada gótica isabelina de la Capilla Real de Granada, junto a la Catedral. Fuente: Wikimedia Commons.
Interior de la Capilla Real de Granada
Interior de la Capilla Real de Granada, templo gótico de una sola nave con bóvedas de crucería. Fuente: Wikimedia Commons.
Retablo mayor de la Capilla Real de Granada
El retablo mayor (1520–1522), proyectado por Felipe Bigarny, con esculturas de Bartolomé Ordóñez y Diego de Siloé. Fuente: Wikimedia Commons.
Vista general de los sepulcros de los Reyes Católicos
Vista general de los sepulcros: a la izquierda Isabel y Fernando (Domenico Fancelli), a la derecha Juana y Felipe (Bartolomé Ordóñez). Fuente: Wikimedia Commons.
Sepulcro de los Reyes Católicos, obra de Domenico Fancelli
El sepulcro de Isabel y Fernando, tallado en mármol de Carrara por Domenico Fancelli (1514–1517): los reyes yacen coronados, con el águila de San Juan a sus pies. Fuente: Wikimedia Commons.
Cripta de la Capilla Real con los féretros reales
La cripta bajo el panteón: en los nichos de la celda octogonal descansan los féretros de plomo de Isabel, Fernando, Juana y Felipe. Fuente: Wikimedia Commons.

Por dentro del panteón: en el crucero se alzan los cenotafios de mármol — los cuerpos no están bajo ellos, sino más abajo, en la cripta. Allí, en los nichos de la celda octogonal de mármol de Macael, se guardan los sarcófagos de plomo (dentro de ataúdes de madera forrados de terciopelo) con los restos de Isabel, Fernando, su hija Juana y Felipe el Hermoso. La cripta puede visitarse desde el interior de la Capilla Real, y junto a ella, la sacristía-museo expone la corona y el cetro de la reina.

La Capilla Real de Granada es el mausoleo de los Reyes Católicos y una de las joyas del gótico isabelino. En su testamento de 1504, Isabel pidió ser enterrada en Granada, la ciudad de su victoria: «porque era la tierra que tanto amaba y tan bien había servido a Dios». Fernando confirmó el deseo y encargó el templo, que se construyó entre 1505 y 1517 según trazas del maestro Enrique Egas, sobre el antiguo cementerio musulmán junto a la primitiva mezquita mayor.

Es un templo de una sola nave con bóvedas de crucería, en el que destacan la fachada, la rejería gótica (como la del panteón, obra de Bartolomé de Jaén), el magnífico retablo mayor (1520–1522) con escenas de la vida de Cristo, la celda-panteón octogonal donde descansan los soberanos y la sacristía-museo, que guarda la corona y el cetro de la reina Isabel.

Los cuerpos de Isabel y Fernando, primero en la Alhambra y después en la celda, se trasladaron a la cripta en 1521, con los de su hija Juana y su esposo Felipe el Hermoso. El conjunto se completa con los símbolos del programa real: yugo, flechas, el Águila de San Juan y las armas de los reinos unificados. La Capilla Real es, además, depositaria de documentos capitales como las Capitulaciones de Santa Fe y la espada de Fernando.

Prácticamente anexa a la Alhambra por su significado, la Capilla Real cierra el círculo que esta web narra: la ciudad que fue cabeza de al-Ándalus se convirtió en la cuna del nuevo reino, y el panteón de sus conquistadores se levantó a la sombra de la mezquita mayor, junto a la catedral renacentista de Diego de Siloé.

Visítala: la Capilla Real está en la calle Oficios, junto a la Catedral de Granada, a pocos minutos andando del Albaicín y de la puerta de Elvira. En su sacristía-museo se expone la corona y el cetro de Isabel la Católica.

Sección 10

La Embajada de los Reyes Católicos en Roma

Palacio Apostólico Vaticano, sede de la corte papal
El Palacio Apostólico del Vaticano, sede de la corte papal con la que los Reyes Católicos mantuvieron una embajada permanente. Fuente: Wikimedia Commons.
Bula papal Inter caetera de 1493
Bula Inter caetera de Alejandro VI (4 de mayo de 1493), fruto directo de la embajada española ante Roma. Fuente: Wikimedia Commons.
Sede de la Embajada de España ante la Santa Sede en Roma
Sede de la Embajada de España ante la Santa Sede, con las armas papales y las armas reales españolas flanqueando el balcón. Fuente: Wikimedia Commons (Mister No, CC BY 3.0).
Palacio de España en la plaza de España de Roma
El Palacio de España, en la plaza de España de Roma, otra de las sedes históricas de la representación española ante Italia y la Santa Sede. Fuente: Wikimedia Commons (Diego Delso, CC BY-SA 4.0).

El águila en el suelo: en el vestíbulo de la Embajada de España ante la Santa Sede — la embajada permanente más antigua del mundo, fundada en 1480 — está incrustado en el suelo un gran escudo de los Reyes Católicos, sostenido por el Águila de San Juan y acompañado del yugo y las flechas. La famosa fotografía de ese pavimento se convirtió en un símbolo popular de la continuidad diplomática española: la misma heráldica que Isabel y Fernando grabaron en sus documentos y que esta página recoge en la sección dedicada al Águila de San Juan Evangelista.

Los Reyes Católicos fueron pioneros de la diplomacia moderna: a finales del siglo XV, cuando la mayoría de las cortes enviaban mensajeros solo para asuntos concretos, la corona española instaló en Roma una embajada permanente, considerada entre las primeras embajadas residentes de Europa. El embajador vivía cerca del Vaticano, seguía los cónclaves, negociaba las gracias de la Santa Sede y enviaba informes cifrados a la corte.

¿Por qué Roma era tan importante? Porque casi todo lo esencial para los monarcas dependía del papa: la legitimación de su matrimonio (la bula de dispensa por parentesco, primero falsificada por sus emisarios en 1469 y luego legalizada por Inocencio VIII en 1479), la concesión de la bula de cruzada para la guerra de Granada, los diezmos eclesiásticos, la aprobación del Tribunal del Santo Oficio (bula de Sixto IV, 1478) y los títulos sobre las nuevas tierras americanas.

Los grandes hitos de la embajada en Roma fueron: en 1492, la elección como papa del valenciano Rodrigo de Borja (Alejandro VI), con el que Castilla y Aragón tuvieron una relación estrecha y a la vez tensa; en 1493, la embajada que comunicó el descubrimiento de América y obtuvo las bulas Inter caetera y Dudum siquidem; en 1494, la concesión del título de «Reyes Católicos» por bula de Alejandro VI; y en 1506, la aprobación por Julio II del Tratado de Tordesillas (bula Ea quae pro bono pacis).

Entre los embajadores destacó Bernardino López de Carvajal, enviado ante Inocencio VIII y Alejandro VI y creado cardenal por este último en 1493; también negociaron en Roma el comendador Garcilaso de la Vega y el clérigo Lorenzo Galíndez de Carvajal, hombre de confianza de Fernando. La correspondencia de estos embajadores — pliegos, despachos cifrados e instrucciones — se conserva hoy en el Archivo General de Simancas y en los Archivos Secretos Vaticanos, y es una de las mejores fuentes para conocer la política del período.

Dato curioso: el título de «Católicos» que hoy acompaña a Isabel y Fernando en todos los libros de historia no nació en España, sino en Roma: fue una concesión diplomática del papa Alejandro VI a los Reyes Católicos, gestionada por sus embajadores.

Sección 11

Los papas de la época de los Reyes Católicos

Retrato del papa Sixto IV
Sixto IV (1471–1484). Fuente: Wikimedia Commons.
Retrato del papa Inocencio VIII
Inocencio VIII (1484–1492). Fuente: Wikimedia Commons.
Retrato del papa Alejandro VI
Alejandro VI, el valenciano Rodrigo de Borja (1492–1503). Fuente: Wikimedia Commons.
Retrato del papa Julio II por Rafael
Julio II (1503–1513), retratado por Rafael. Fuente: Wikimedia Commons.

Durante el reinado conjunto de Isabel y Fernando (1474–1516) se sucedieron en el trono de San Pedro seis papas, con los que los monarcas tejieron una relación de alianza, negociación y, a veces, abierta fricción.

Sixto IV (1471–1484)

Della Rovere, mecenas del Renacimiento temprano. En 1478 concedió la bula que permitía establecer la Inquisición en Castilla, autorizó la cruzada contra el reino de Granada y se convirtió en un aliado decisivo durante la guerra de sucesión, aunque la alianza se tensó después por sus ambiciones en la Romaña.

Inocencio VIII (1484–1492)

Legalizó en 1479 la dispensa del matrimonio de Isabel y Fernando, salvando la unión dinástica de la invalidez canónica. Durante su pontificado culminó la conquista de Granada, y en 1492 murió sin verla consagrada.

Alejandro VI (1492–1503)

El valenciano Rodrigo de Borja. Otorgó las bulas Inter caetera (1493) que repartían el océano entre España y Portugal, concedió a los monarcas el título de «Reyes Católicos» (1494) y les dio gracias decisivas para la naciente América; con él convivieron tanto los honores como las sospechas de su política familiar.

Pío III (1503)

Papa durante apenas veintiséis días: un paréntesis en un año turbulento en Roma, elegido tras la muerte de Alejandro VI en medio de los juegos de poder del cónclave.

Julio II (1503–1513)

«El papa terrible», guerrero y aliado de Fernando contra Francia. Aprobó el Tratado de Tordesillas (1506), mantuvo la bula de la cruzada anual — fuente de ingresos para la corona — y su bula con sello dorado se guarda en la Capilla Real de Granada, junto al panteón de los monarcas.

León X (1513–1521)

Giovanni de' Medici, el papa del Renacimiento romano. Recibió las embajadas de Fernando ya anciano, concedió nuevas gracias y su pontificado coincidió con los últimos años del rey católico, muerto en 1516.

Sección 12

El correo real: manuscritos, pergaminos y corsarios

Manuscrito de las Capitulaciones de Santa Fe
Manuscrito de las Capitulaciones de Santa Fe (1492), documento real conservado en el Archivo General de Indias. Fuente: Wikimedia Commons.
Grabado del corsario Barbarroja
Grabado de Jachtredín Barbarroja, el corsario más temido del Mediterráneo occidental a comienzos del siglo XVI. Fuente: Wikimedia Commons.

Sin un correo fiable, un imperio no funciona. La monarquía de los Reyes Católicos movía cada semana miles de pliegos: cartas misivas, cédulas, provisiones, bulas y despachos cifrados que viajaban entre la corte, los reinos, Roma y las Indias. Sobre ese papel — manuscritos a pluma, en pergamino o en papel de hilo — se sostenía el gobierno.

Los documentos. Las órdenes de los monarcas se escribían en pergaminos costosos o en cuadernos de papel, con la firma regia y la plica: el pliegue inferior del documento, atravesado por sedas de colores — hilos de seda entrelazados de distintos colores que cambiaban en cada reinado — que impedían la falsificación de la firma y del sello. Cada documento se copiaba en los libros de registro del sello de la cancillería, una práctica que ha permitido conservar en el Archivo General de Simancas la memoria escrita del reinado.

La organización. Los correos mayores de cada reino tenían a su cargo los caminos, las cabalgaduras y las posadas donde el mensajero cambiaba de caballo. En 1505, el rey Felipe el Hermoso nombró correo mayor a Francisco de Tassis, cabeza de la familia que durante más de dos siglos organizó los correos de España y de media Europa: el germen del sistema postal moderno.

El peligro: corsarios. La correspondencia con Roma cruzaba el Mediterráneo en barco, desde Barcelona o Valencia hacia Génova y Civitavecchia, y esos mares estaban infestados de corsarios berberiscos. A principios del siglo XVI, Barbarroja y otros capitanes asaltaban naves de correo y embajadas, secuestraban pliegos y embajadores y cobraban rescates: no eran raros los informes reales que llegaban a Roma con meses de retraso porque su portador estaba prisionero. La corona respondió armando flotas de escolta, concediendo patentes de corso a capitanes españoles contra la piratería berberisca y ordenando la construcción de torres vigía en las costas.

Así, entre la seda de colores de un pergamino y el cañón de una galera de escolta, se tejió la red invisible del poder de los Reyes Católicos: un imperio que se gobernaba a caballo, a vela y a pluma. Buena parte de esos manuscritos — las cartas de Isabel a los papas, los despachos de los embajadores, los registros del sello — sigue hoy en los archivos de Simancas y del Vaticano, esperando al lector paciente.